jueves, 31 de mayo de 2012

Mandeville y la fábula de las ovejas




Oigo últimamente con inusitada frecuencia, al hablar de asuntos económicos,  que la realidad es tozuda, que  las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera y que las matemáticas acaban poniendo a cada uno en su sitio. Y se lo oigo precisamente a quienes han aceptado con estoica y estulta resignación esa versión oficial de la crisis según la cual la cosa se reduce a que hemos dejado de ser nuevos ricos para volver a ser viejos pobres. Todo ello sin pararse a pensar que si la realidad fuese tan tozuda como dicen seguiríamos pintando bisontes en el techo de la cueva; que admitir que las cosas no puedan ser de otra manera es instrumento indispensable para que las cosas sean como son;  y que la aritmética no explica por qué durante mucho tiempo se multiplicaban los beneficios de unos pocos mientras que ahora las pérdidas se dividen entre todos.
Creer simplemente que las cosas son como son, es decir, desvincular los procesos económicos de la voluntad de los individuos y, por tanto, de cualquier consideración ética,  no es, a mi modo de ver, una opción cabal hija del sentido común, sino sencillamente una rendición incondicional del intelecto a una determinada interpretación de la realidad; sin estarse a considerar si es la única o si, de no serlo, es siquiera la mejor. Porque lo que llamamos realidad  es, en gran medida, la visión resultante de proyectar nuestras experiencias previas y nuestros anhelos futuros sobre el presente. Es decir, nuestras ideas sobre la realidad determinan la realidad misma y, de este modo, nos pueden llevar a transigir con que las cosas sean de una determinada manera o a intentar cambiarlas; pero el resultado no es algo determinado por las leyes de la historia,  un arcano escrito en los astros o el cumplimiento de un inexorable destino: depende de nosotros,  porque el ser humano es a la vez guionista y actor.
Esa idea de que las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera, quizá tenga uno de sus primeros testimonios contemporáneos en La fábula de las abejas, escrita a comienzos del siglo XVIII por un excéntrico alienista holandés afincado en Inglaterra, Bernard Mandeville. En ella, quién sabe si con intención satírica o con sincero convencimiento, Mandeville sostiene que nunca la virtud hizo prosperar a las sociedades, sino que el verdadero motor del progreso es el vicio, la corrupción. 
Para ilustrar su idea se sirve de una colmena “que vivía con lujo y desahogo” y en la que las abejas “se afanaban por satisfacer sus propios deseos y vanidades”. En la colmena “mientras algunos con grandes haberes y exiguos quebraderos de cabeza se metían en negocios de pingües ganancias”, otros vivían “condenados a la guadaña y la azada […] agotando su fuerza y sus músculos para poder comer”. La colmena estaba, así mismo, llena de bribones que aprovechaban en su propio beneficio el trabajo ajeno, si bien estos solo se distinguían en sus artes de los respetables y laboriosos  por el nombre, pues no había lugar o profesión en la que no se diera el fraude. No se salvaban ni los abogados, “que habían conseguido que fuera ilegal disfrutar de lo propio sin que mediara algún pleito”; ni los médicos, “más interesados en la riqueza y la fama que en la salud del paciente”; ni los sacerdotes, ni los soldados, ni las misma justicia, que a menudo inclinaba alguno de sus platillos para que en ellos depositasen unas monedas.

Con todo y con eso, “aunque cada parte estuviera llena de vicios, el conjunto era un paraíso”. El vicio y la corrupción eran la grasilla que mantenía lubricada y en marcha la maquinaria de aquella colmena. “La envidia y la vanidad eran los ministros de la industria”, escribe Mandeville, y la estupidez y el capricho movían la rueda del comercio. De este modo “el vicio nutría el ingenio”, y lo espoleaba en aras de la prosperidad, dando lugar a las comodidades de la vida, “hasta tal punto que los pobres de ese tiempo vivían mejor que los ricos de ningún otro”
Sin embargo la colmena estaba llena de hipócritas que, “aunque conscientes de sus propios engaños, clamaban contra los de los demás y a gritos pedían honradez”. Y un día Júpiter, exasperado, llenó con ella sus corazones. Entonces se desplomó el precio de la carne, los bares se quedaron vacíos, la honradez convirtió en inútil la labor de los abogados, y hasta los que fabricaban candados y rejas se quedaron sin oficio. Los médicos no tenían enfermedades que curar entre las virtuosas abejas…En definitiva, no había negocio para tantos pues donde antes trabajaban tres (uno trabajando, otro vigilando al que trabajaba y un tercero vigilando al que vigilaba) ahora bastaba con uno. Y así poco a poco las abajas se iban yendo de la colmena. 
Desaparecieron la industria y las manufacturas, pues no había quien pagase por lujos o refinamientos. Al final toda la colmena hubo de emigrar al hueco de un tronco. El poema concluye “dejad de dar la murga: solo los locos se esfuerzan por construir una colmena grande y honrada; pues pretender  disfrutar de las comodidades del mundo, conseguir fama en la guerra y vivir con desahogo, sin grandes vicios, es solo utopía que habita en el cerebro del hombre”. Y apostilla: “Cualquier edad dorada tiene lo mismo en común con la honradez que con las bellotas”. 
Algunos economistas de la escuela austriaca (quizá los mismos que si hubieran leído la Humilde propuesta de Swift hubieran visto en ella un interesante precedente de la puesta en valor de la infancia) consideran, llevándose el agua a su molino, que La fábula de las abejas va muy en serio y hacen de ella una especie de mito fundacional del liberalismo moderno, pues según ellos Mandeville es el primero en  atisbar que el entramado de relaciones sociales, incluidas las económicas, no es producto de la planificación ni está sujeto a consideraciones éticas, sino que nace de cierto orden espontaneo surgido al calor de la persecución individual del propio beneficio. Ese orden espontaneo (el mercado, acabará llamándose) se convertía así en la piedra filosofal que consigue convertir los vicios particulares en virtudes colectivas. Ahora bien, semejante interpretación de la fábula de Mandeville es sólo una manera de ver las cosas, pero quizá no la única, ni la más acertada.
Si echamos un vistazo a la colmena, encontraremos un buen puñado de curiosas semejanzas con el momento previo al estallido de la crisis en España, con nuestra burbujeante primavera: Mientras algunos terratenientes conseguían pingües ganancias por el mero hecho de que les recalificasen algún terreno, otros se partían el lomo en almacenes de logística o trabajando en la obra a destajo. España estaba llena de bribones que aprovechaban en su propio beneficio el trabajo ajeno: desde los abogados que exprimían a los inmigrantes ilegales que querían regularizar su situación, hasta los médicos que conseguían pensiones de invalidez a gente que jugaba los fines de semana al padle, pasando por empresas públicas en las que tres personas hacían el trabajo de una. Aunque la corrupción se adivinase por todas partes, el conjunto arrojaba una halagüeña sensación de prosperidad y bienestar. La envidia y la vanidad eran los ministros de la industria, de modo que  los concesionarios no daban abasto a vender coches cada vez más potentes,   ni las inmobiliarias dejaban de vender casas cada vez más grandes. Como en la fábula de Mandeville la estupidez y el capricho movían la rueda del comercio y no había descampado en el que no se construyese un centro comercial.
Si España reunía todos los ingredientes para ser una colmena próspera, pues no había parte que no estuviese untada con la grasilla del vicio, ¿cómo es posible que ahora todas sus abejas se encuentren a punto de emigrar al hueco de un árbol? ¿Acaso algún dios furioso se ha cansado de sus quejas y se han vuelto de repente virtuosas como castigo? 
La fábula de las abejas de Mandeville es sólo una alegoría con la que se pretende transmitir una determinada idea del mundo: La prosperidad es enemiga de la justicia y aplicar consideraciones éticas a los negocios solo puede traer la ruina. Pero sin embargo la crisis española muestra todo lo contrario: Que es la falta de un mínimo de decencia y sentido común lo que lleva a las sociedades a la ruina. Porque la verdadera mano invisible (Al menos a la que alude Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales y que vuelve luego a mencionar en La riqueza de las naciones) no es el orden espontaneo de la ley de la selva, sino el orden guiado por el sentido común y ciertas nociones básicas sobre la justicia que todos los ciudadanos poseen y que deciden aplicar o no en cada circunstancia concreta. 
Ahora corremos el riesgo de pasar de una fábula a otra: Corremos el riesgo de que los mismos a los que hasta hace no mucho la grasilla les brillaba entre los dedos, empiecen a hablarnos de las virtudes de la austeridad y nos cuentes otra fábula, la fábula de las ovejas. Según ésta, las ovejas que vivían en un aprisco pasaban hambre porque quienes se encargaban de distribuirles el alimento en los comederos no lo habían hecho diligentemente, y se había agotado en un par de meses la cosecha de todo un año (nadie sabía dónde habían ido a parar, pues en realidad la mayor parte de las ovejas no eran conscientes de haber comido mucho más que en otros tiempos). Las ovejas, inquietas, discutían sobre cómo iban a salir de aquella y las más avezadas en economía, además de alabar las bondades del ayuno, propusieron abrir la puerta del aprisco para que las ovejas más vigorosas pudiesen encontrar pastos y, al mismo tiempo, se permitiese entrar a alguien que alimentase al resto (cualquier similitud con la reforma laboral y las privatizaciones es mera coincidencia). Y así lo hicieron. Y, según cuentan los lobos que con el colmillo goteando aguardaban en la puerta,  nunca habían visto a ningún rebaño tan feliz,  pues todas ellas corrían desbocadas y dando saltos de alegría. Claro que, la de los lobos, no deja de ser una interpretación de la realidad, quizá ni la única, ni la más plausible.



sábado, 21 de abril de 2012

Nietzsche y la voluntad de los mercados






«¡Por qué la humanidad habrá tomado tan en serio las afecciones cerebrales  de sutiles enfermos! ¡Bien caro lo pagó! »(Friedrich Nietzsche, Como se filosofa a martillazos)

Andaba el otro día tomándome un café en el bar y justo a mi lado, mientras le hincaba el diente a un cruasán, un tipo leía un artículo en el periódico sobre las oscuras maniobras financieras llevadas a cabo por algunos tahúres del póker bursátil; tipos de esos que no dudan en hundir países y condenar a varias generaciones a la miseria si con ello logran aumentar sus beneficios.  En esas estábamos, cada uno a lo nuestro, cuando de repente el fulano cayó presa de una súbita cólera y con el colacao saliéndosele por las narices exclamó: ¡Esta gente no tiene moral!  Dado el estado de excitación en que se encontraba, no era el mejor momento para entrar en debates, así que le tendí una servilleta y cerré el pico. No obstante, si la cosa hubiese estado más calmada, no habría dudado en decirle que la moral es como la cicatriz del ombligo: todo el mundo tiene una, es solo cuestión de fijarse. 
Lo que nuestro buen amigo del colacao quería decir es que el comportamiento de estos tipos no tenía cabida dentro de su concepción de la moral. Ahora bien, decir de alguien que no tiene moral, porque su moral no coincide con la tuya, es como negarle a alguien la facultad de pensar porque no piensa como tú. Hay que ir más allá. Hay que preguntarse: ¿Qué idea de moral subyace en las acciones de estos tipos? ¿En qué premisas filosóficas se asienta su idea de moral? ¿En las ideas sobre la acumulación de riqueza de Adam Smith? ¿En las ideas sobre la libertad de mercado de Milton Friedman? Frio, frio. ¿Les suena del algo el nombre de Friedrich Nietzsche?
Sobre la figura de Friedrich Nietzsche recaen dos dudosos honores: haber elevado el mostacho a la categoría de arte plástica y haber elevado lo que vulgarmente se conocía como un canalla sin escrúpulos a la categoría de superhombre. La tarea no fue nada fácil: Había que desmontar primero los pilares sobre los que se sustentaba el edificio de la metafísica occidental, tarea a la que nuestro hombre se aplicó con denuedo, pertrechado con el martillo del escepticismo y con el azufre de su acerba crítica. Así, sus escritos están preñados de críticas mordaces, de retazos de ideas, de abismales sugestiones, de intuiciones simbólicas, de enigmáticas máximas… en definitiva, de mórbidos vapores que subyugan la mente del lector y que en ella se entrelazan.  Semejante uso promiscuo y ambiguo de la palabra, “un sacramento de muy delicada administración”, en palabras de Ortega, provocó el mayor vertido de conceptos tóxicos al caudal de la filosofía occidental conocido hasta la fecha. Algo parecido a lo de aquella alma cándida metida a socorrista  que mezcló ácido clorhídrico con sulfato de no sé qué y la lió parda.
¿Por qué ese odio inveterado de Nietzsche a la metafísica? Fundamentalmente porque en ella se sustentaba la moral de su tiempo,  una moral que él consideraba decadente, propia de esclavos. Esta moral hundía sus raíces  en conceptos tales como Dios, el Bien, la Verdad, etc., que a juicio de Nietzsche eran, en realidad, conceptos hueros. Se trataba de una simple coartada utilizada por los débiles para inculcar a los fuertes valores destinados a esterilizar sus energías y sus instintos; valores tales como la compasión, la humildad o el amor al prójimo. De ahí su empeño por derribar esos antiguos ídolos, para poder llevar así a cabo una transmutación de los valores y conseguir que aflorase una moral de señores, de hombres fuertes.  De este modo, Nietzsche recurrió a una maniobra artera semejante a la del cuco: una vez que hubo vaciado el nido de la filosofía de los conceptos preexistentes, ayudado por sus indudables dotes de polemista y su brío narrativo, los sustituyó por otros, entre los que se acabará erigiendo como dueño de la pollada el concepto de la voluntad de dominación, comúnmente conocida como la voluntad de poder: « ¡Este mundo es la voluntad de poder, y nada más! ¡Y también vosotros mismos sois esa voluntad de poder, y nada más!» (La voluntad de poder, 1067)
 Para Nietzsche la voluntad no es el resultado de la interacción entre el intelecto y el deseo, sino que «la vida misma es voluntad de poder» (Más allá del Bien y del mal, 13). Lo que caracteriza a los seres vivos, incluidos el ser humano y el tahúr financiero, es su deseo de imponerse a los demás y cualquier acción busca esto y sólo esto. No hay por tanto buena o mala voluntad. La única voluntad existente es la voluntad de dominar, el deseo instintivo del individuo de imponer la propia supremacía. Esta supremacía es la «gran pasión, fondo y  poder de su ser, aún más esclarecida y despótica que el mismo individuo, que acapara todo su intelecto, ahuyenta los escrúpulos y le infunde valor para apelar incluso  a medios impíos» (El Anticristo, 54).
Por tanto el afán de dominar es, según Nietzsche, lo que caracteriza al ser humano, su esencia.  El que no ejerce el dominio no es porque rehúse hacerlo, sino porque no puede. Como afirma Zaratustra: «En verdad me he reído mucho  del débil, que se cree bueno porque tiene las garras tullidas» (Así habló Zaratustra, De los sublimes).  El fuerte, el aristócrata, el nuevo hombre virtuoso, se distingue porque ha cambiado los bajos instintos que oprimen la voluntad (la compasión, la humildad, las convicciones,  etc.), y deja que se manifieste en él el supremo instinto, la voluntad suprema: la voluntad de dominar a los demás, la voluntad de imponer las propias ideas, de elevarlas a la categoría estética de arte y jurídica de norma. Ésta es su moral. No hay un bien o un mal más allá.
Ahora bien, entonces, ¿qué es lo bueno? «Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo» ―contestará Nietzsche― ¿Y lo malo? «Todo lo que proviene de la debilidad». ¿Y qué hacemos con los que se queden por el camino? La respuesta de Nietzsche es tajante y esclarecedora: «Los débiles y malogrados deben perecer; tal es el axioma capital de nuestro amor al hombre. Y hasta se le debe ayudar a perecer» (El Anticristo, 2). ¿Les suena?
Nuestros psicópatas de las fianzas han hecho suya esa moral: En el mundo no hay buenos o malos, hay gente que domina y gente que es dominada; tampoco hay actos buenos o actos malos en sí mismos, sino que serán buenos los que vayan encaminados a la conquista del poder y malos los que provoquen su pérdida. ¿Cómo se manifiesta ese poder? Básicamente mediante el dinero, que es su representación simbólica. Como afirma Nietzsche: «Han cambiado los medios de que se vale el deseo de poder, pero sigue hirviendo el mismo volcán […] lo que antes se hacía por la voluntad de Dios, hoy se hace por la voluntad del dinero, es decir, por lo que hoy produce el sentimiento de poder más elevado y la mayor tranquilidad de conciencia» (Aurora, 204).
¿Qué creen que hubiera pasado si le cuento al señor de barra todas estas cosas? Que nuestros hombres no sólo tienen moral, sino que además esa moral es una moral aristocrática; que el dinero es su Dios y que tenerle cerca les permite dormir con la conciencia tranquila. Creo que me hubiese estampado el cruasán en la cara. Por eso estas cosas prefiero contarlas aquí, donde lo más que pueden arrojarme es algún comentario envenenado, y esos los esquivo mejor que los cruasanes.




viernes, 24 de febrero de 2012

Ortega y la rebelión de las marcas



Publicado el  25/02/12 en El Confidencial 

 

 









La salud de las democracias, cualquiera que sean su tipo y su grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario. Si el régimen de comicios es acertado, si se ajusta a la realidad, todo va bien; si no, aunque el resto marche óptimamente, todo va mal.

Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

Supongamos que hoy tengo el día un poco curioso tirando a mayéutico, salgo a la calle y escruto al primer fulano que me encuentro sobre su marca favorita de refrescos. Después de charlar un rato sobre esto y lo otro, dejo de darle coba, voy al grano y pregunto: “Caballero, ¿y al servicio de quién cree usted que está la Persicola? Quizá haya algún forofo que responda que al servicio de sus clientes; pero la mayoría, tras recapacitar un poco,  no tendría inconveniente en admitir que aunque sus clientes puedan salir beneficiados en algún momento de las iniciativas que la compañía tome (porque, a fin de cuentas, de la satisfacción de estos depende el negocio), Persicola, como el resto de las empresas, busca en último término el beneficio de sus dueños, es decir: está al servicio de sus accionistas.
Supongamos que a la mañana siguiente yo ando igual de aburrido, vuelvo a salir a la calle y pregunto al primer tipo que me cruzo, con más cuidado que el otro día, eso sí, sobre su partido político. Mismo procedimiento de calentamiento y distensión lingual que el descrito para el día anterior y finalmente la pregunta clave: ¿y al servicio de quién cree usted que está su partido? Es entonces cuando lo que en el ámbito empresarial acababa resultando una perogrullada, llevado al terreno político se complica y las respuestas fluctúan entre lo cómico y lo trágico: Al servicio de la nación, al servicio de la clase trabajadora, al servicio de los valores universales, etc.
Habrá quien se escandalice por lo que voy a decir; habrá quien piense que soy un majadero; y habrá quien piense que estoy inventando las sopas de ajo, pero ahí va la tercera pregunta, y esta no es para ningún fulano de la calle sino para el lector: ¿Por qué nuestros sujetos aleatoriamente encuestados presentan respuestas tan dispares si estamos hablando de fenómenos sustancialmente idénticos? 


Los partidos políticos, como las compañías, tienen un mercado. A este mercado no se le llama así, que quedaría muy tosco, sino electorado. Pero a fin de cuentas, tanto los objetivos como los métodos son los mismos: conseguir el mayor número posible de consumidores mediante la persuasión. No hablamos de argumentar y presentar la realidad desnuda; no. Hablamos de sugerir, de evocar, de preñar palabras con sentimientos, en suma: se busca crear necesidades artificiales, suscitar el deseo de que tales necesidades sean satisfechas y, finalmente, convencer a los consumidores o electores de que, efectivamente, esas necesidades han sido satisfechas o lo van a ser. 
Así mismo, como cualquier marca, los partidos políticos diseñan su imagen corporativa (la marca PSOE o la marca PP), y la vinculan a un determinado estilo de vida, al que confieren unas ideas o sentimientos particulares. De este modo,  la realización y satisfacción plena de esas ideas o sentimientos solo se puede conseguir en contacto con la marca: somos abiertos, tolerantes y modernos, por eso votamos a éste; o bien, somos serios, eficaces y la tradición nos avala, por eso votamos al otro. Todo ello condensado en un eslogan y simbolizado por unos colores y un logotipo: una rosa empuñecida, una gaviota circunfleja, etc.
 Como las grandes empresas, los partidos también celebran sus juntas generales de accionistas, aunque las llaman congresos. En ellas se aprueban las directrices que han de guiar el espíritu corporativo y encomiendan a un consejero delegado, que puede llamarse secretario general o presidente, según sea el caso, llevarlas a cabo.
Siendo tan semejantes, pues, los partidos políticos  y las compañías, no debería resultarnos difícil columbrar la idea de que los partidos políticos, llegado el caso de obtener beneficios, repartirán dividendos entre sus accionistas. ¿Qué dividendos?  Que cada cual haga su lista y el que no tenga imaginación que mire el BOE. ¿Qué accionistas? Obviamente, aquellos que invirtieron su dinero a la espera de poder obtener un beneficio.
Con todo, que los partidos políticos operen como una marca no es intrínsecamente malo  0 bueno. A fin de cuentas si el régimen de comicios se ajusta a la realidad  (y aquí es donde entra Ortega, que estaba en la puerta esperando desde el principio) todo marcha estupendamente, igual de bien que cuando las compañías compiten en un mercado libre, en el que el volumen de beneficios está íntimamente ligado a la satisfacción de los clientes.
Lo malo del asunto sería que no existiese correlato entre la realidad y los resultados electorales o, lo que es lo mismo,  no existiese un correlato entre las preferencias reales de los consumidores y las ventas.  Lo malo sería que los partidos políticos hubiesen pactando un reparto del mercado electoral para evitar la competencia, del mismo modo que las empresas pueden manipular la realidad del mercado formando oligopolios. Eso, a lo que podríamos denominar oligocracia, sería realmente lo malo. Y eso, no lo digo yo, lo dijo al principio Ortega.






jueves, 16 de febrero de 2012

Tony Montana y Megaupload


TONY MONTANA Y EL CIERRE DE MEGAUPLOAD

Cuando veo que hacia un hombre o grupo se dirige fácil e insistente el aplauso, surge en mí la vehemente sospecha de que en ese hombre o en ese grupo, tal vez junto a dotes excelentes, hay algo sobremanera impuro.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET, La rebelión de las masas



El FBI cierra MEGAUPLOAD

Un monopolio es una posición de privilegio sólo alcanzable con la inestimable ayuda de los poderes públicos. (LORENZO BERNALDO DE QUIRÓS, Proceso al Estado)

Solemos contemplar las cosas que pasan  con cierta candidez despreocupada y, de este modo, nos acercamos la actualidad como un grupo de alemanes se acerca a una procesión de la semana santa malagueña: entretenidos, pero sin pasión ni fe.  No obstante, siempre hay alguna noticia que nos saca de la atonía y traspasa nuestra curiosidad con hervor extático. Una de estas noticias se produjo el pasado 19 de enero, cuando el FBI clausuró, a instancias del Gran Jurado de Virginia, la que probablemente fuese la mayor página de almacenamiento digital en red para usuarios particulares: Megaupload; deteniendo a su cúpula directiva y a su fundador, Kim Schmitz, apodado “Kim Dotcom”.
Los medios de comunicación se hicieron eco, con profusión, de los cargos que contra la compañía y sus dirigentes constan en auto de procesamiento (que denomina a los negocios de Megaupload la “Megaconspiración”), entre los que se encuentran crimen organizado, blanqueo de dinero, conspiración para violar las leyes de propiedad intelectual, distribución ilegal de material sujeto a derechos de autor, etc. Así mismo pulularon las fotografías de su fundador en las que se podía ver a un panoli orondo rodeado de coches caros, casas extravagantes y alegres mozuelas de cuerpos gráciles y senos turgentes. Vamos, el típico imbécil al que cualquiera visceralmente odiaría.
Vistas así las cosas, a uno le puede gustar más o menos la noticia según el uso que hiciera del servicio, pero lo cierto es que se va a la cama con la sensación de que en el mundo reina el orden: El tal Dotcom es una especie de versión cutre de Al Capone al que se le ha acabado el chollo, pues los esforzados muchachos del FBI, cumpliendo escrupulosamente el dictado de los miembros del Gran Jurado de Virginia, le han cerrado el chiringuito y el mundo, a la mañana siguiente, tiene un cielo más limpio y un aire más puro.


Todo el mundo parece estar de acuerdo

La cosa es sospechosa. Porque las gentes no suelen ponerse de 
acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas.
(José Ortega y Gaset, La rebelión de las masas)

Ahora bien, había algo que invitaba al desasosiego, como cuando en el colegio le salían a uno las ecuaciones antes de lo esperado. El enfoque de la noticia era muy similar en todos los medios de comunicación, incluso en los que sobre otros asuntos suelen sostener opiniones dispares, cuando no antagónicas: El menda extravagante, el dineral que habían ganado (175 millones de dólares), la red de piratería que tenían montada, etc.   Así mismo, parecían haberse puesto de acuerdo a la hora de pasar de puntillas sobre algunas cuestiones:
¿Por qué Megaupload y no Rapidshare o Filserve?  A fin de cuentas, Megaupload no era el único sitio en la red que propiciaba el intercambio de archivos de toda índole, con lo cual la diferencia con respecto a sus competidores, que permanecen de momento abiertos, es más cuantitativa que cualitativa.
¿Por qué cerrar el servicio entero y no las cuentas infractoras? Aunque es posible que parte del contenido almacenado en Megaupload estuviese amparado por derechos de autor;  es indudable que otra parte no lo estaba. Megaupload proporcionaba espacio en sus servidores para que los usuarios almacenasen lo que creyesen conveniente, sin inmiscuirse en qué era lo que se guardaba, salvo que los propietarios de los derechos de autor denunciasen la violación de estos. Pues bien, ¿Por qué, como he dicho, el FBI no ha actuado cerrando o confiscando las cuentas de aquellos que han hecho un mal uso del servicio, cosa posible y lógica, sino que ha echado el cerrojo al servicio entero? A mí no se me ocurre una respuesta plausible, ni una situación similar. No conozco ningún banco suizo cerrado por el FBI porque parte de los propietarios de las cajas de seguridad guardasen en éstas los beneficios obtenidos fruto de la estafa, el narcotráfico o la trata de blancas.
Por otro lado, tampoco se decía nada de la institución del Gran Jurado, que no en todos los estados pervive y que, además, es bastante cuestionada. Según la American Bar Association, en el sistema de Gran Jurado “todo el poder está prácticamente en manos del fiscal, y el uso que haga de él queda a expensas de su buena fe”. Esto condiciona en muchos casos el proceso, e incluso puede ocasionar cierta indefensión,  pues los miembros del jurado solamente oyen los argumentos del fiscal y reciben  a los testigos que éste decide incorporar al proceso. Así mismo, “a diferencia de los miembros susceptibles de formar parte del jurado en los procesos normales, a los miembros de un gran jurado no se les examina para ver si pueden incurrir en imparcialidad o presentar cualquier otro rasgo que les haga incompatibles con la designación” [1]
Así las cosas, se plantea una duda aún mayor:  ¿Y si el cierre de Megaupload no hubiese sido solamente la alborada de orden y justicia que se nos ha querido presentar?


¿Competencia desleal?

Yo os digo que con el dinero sucio os ganéis amigos, de modo que 
cuando se acabe, os reciban en la morada eterna.
(Lucas 16,9)

Megaupload llevaba bastante tiempo en el punto de mira, pues muchos eran los que consideraban su competencia desleal,  y sus ganancias fruto de usurpar los derechos adquiridos por otras compañías sobre la propiedad intelectual de películas, series, discos y libros. ¿A quienes perjudicaba, pues, Megaupload?
A primera vista, enumerar el elenco de compañías que tienen adquiridos los derechos de autor para su comercialización y explotación puede parecer una tarea tan ardua de llevar a cabo como tediosa para el lector; y al final el empeño puede correr la misma suerte que corre el pasaje de la Ilíada donde se menciona el catálogo de las naves que partieron hacia Troya: todo el mundo se lo salta. Sin embargo, no hay que dejarse abrumar por la espesa bruma de nombres, pues en cuanto ésta se disipa,  nos damos cuenta de que tras ella emergen sólo unas cuantas compañías que controlan la mercancía (los derechos de copia y edición), poseen los canales de distribución (productoras, discográficas, editoriales, medios de comunicación) y, prácticamente, se reparten el mercado.
Vamos a empezar precisamente por esto último.  Si echamos un vistazo a las estadísticas del mercado cinematográfico norteamericano[2], el más importante en términos cuantitativos y cualitativos, apreciamos que el año pasado solamente seis distribuidoras se reparten cerca del 80% del mercado: Paramount Pictures, Warner Bros., Sony Pictures, Walt Disney Pictures , Universal Pictures y 20th Century Fox.  En el mercado discográfico la competencia es todavía más exigua. Según los datos de Nielsen SoundScan para el año 2006[3], entre Universal, Sony-BMG, Warner y EMI se repartían cerca del 90% de las ventas mundiales.  En el mercado editorial la competencia tampoco es mucho mayor: La mayor parte de los sellos editoriales más conocidos del mundo pertenecen o están participados por alguno de estos seis grandes grupos editoriales[4]: El británico Pearson-Penguin Group, el alemán Random House, El francés Legardère, el también alemán Holtzbrinck Publishing Group-Macmillan, el australiano HarperCollins, y el norteamericano Simon & Schuster.
Como puede verse, las empresas que controlan los beneficios de la explotación de los derechos de autor tampoco son tantas: Seis distribuidoras se reparten el 80% del mercado cinematográfico; cuatro compañías se reparten el discográfico (que podrían ser tres si sigue adelante la fusión entre EMI y Universal);  y seis se reparten la parte del león en el mercado editorial.  La cosa no queda ahí, pues si tenemos en cuenta que muchas de estas firmas pertenecen a un mismo grupo de comunicación que engloba diferentes compañías y filiales dentro de los ámbitos y mercados mencionados, amén del de la comunicación, nos damos cuenta que los propietarios de los derechos de autor más rentables forman un club bastante selecto. Pasemos a echar un rápido vistazo a los miembros de este club para intentar desentrañar hasta qué punto podía suponer Megaupload una amenaza para ellos con su competencia desleal y, hasta qué punto, era posible cualquier otra clase de competencia.


Un club poderoso

Cartel: (Del al. Kartell).1. m. Organización ilícita vinculada al tráfico de drogas o de armas. 2. m. Econ. Convenio entre varias empresas similares para evitar la mutua competencia y regular la producción, venta y precios en determinado campo industrial. (Diccionario de la Real Academia)

Las compañías que explotan los derechos de propiedad intelectual más rentables forman un club bastante selecto, y los beneficios de dicha explotación son bastante sustanciosos. Esto les confiere, sin duda, una posición de predominio dentro del mercado; ahora bien, el hecho de que en un determinado momento unos grupos disfruten de dicha posición no excluye, en teoría, la competencia y, por tanto, la posibilidad de que aparezcan nuevos productos o nuevos canales de distribución que les hagan perder la situación ventajosa adquirida. Veamos, pues, quienes son a día de hoy, los grupos que se enseñorean del Olimpo de la industria audiovisual y editorial.
Según Fortune 500, la lista elaborada por la revista Fortune de las 500 mayores compañías norteamericanas, publicada por CNN Money [5], la multinacional Walt Disney Companyocupa el número 67, con unos beneficios de más de 38.000 millones de dólares en 2010. Además de las innumerables empresas que lanzan sus productos al mercado bajo el sello Disney, pertenecen al grupo, por mencionar sólo algunos, los estudios Touchstone, Pixar y Marvel; la distribuidora Buena Vista; la cadena de noticias ABC, el canal infantil Disney Channel  y la editorial Hyperion.
News Corp. es segundo grupo de empresas en la mencionada lista, ocupando el puesto 83 con más de 32.000 millones. Quizá como News Corporation no sea muy conocida, pero una de sus empresas subsidiarias es Fox Entertainment, de la que dependen los estudios 20th Century Fox y la cadena de televisión Fox. Así mismo, dentro de la industria editorial, es la dueña del gigante Harper-Collins, que además de publicar bajo ese nombre, reúne a muchos de los sellos editoriales más importantes de Norteamérica (Grafton, Fontana, Flamingo, etc.).
El tercer gran gigante en la lista de la comunicación y el ocio en los Estados Unidos es Time Warner, cuyos beneficios ascendieron en 2010 a cerca de 27.000 dólares. Esta compañía es la propietaria, dentro del sector cinematográfico, de Warner Bros Entertainment, New Line Cinema y Castle Rock Entertainment. Dentro del mercado musical controla Warner Music. Posee además la cadena de noticias CNN, el canal de pago HBO y el canal infantil Cartoon Network.  Dentro del mundo editorial posee  Time Inc. (Con cabeceras como la revista TIME, Fortune, Sport Illustrated y People) y DC Comics.
También norteamericana es National Amusements que, además de poseer más de 1500 salas de cine repartidas por todo el mundo, controla CBS (cuyos beneficios superaron en 2010 los 14.000 millones de dólares y que además de de la empresa de comunicación homónima, la segunda más importante del mundo, posee Simon & Schuster, uno de los mayores grupos editoriales norteamericanos) y Viacom (cuyos beneficios fueron similares a los de la primera y que posee, entre otras empresas, Paramount Pictures,  la cadena MTV y el canal infantil Nikelodeon).
Dentro de las empresas norteamericanas cabría por último mencionar a NBCUniversal, cuyos beneficios en 2011 alcanzaron los 18.000 millones de dólares[6], propietaria de Universal Pictures y de la cadena de radiotelevisión NBC y sus canales asociados
En Europa podemos mencionar dos grandes grupos de empresas. Uno es el capitaneado por la alemana  Bertelsmann, que controla el grupo  editorial Random House (que en España opera a través de su filial Random House Mondadori), así como las empresas de comunicación y producción para televisión Fremantle Media y RTL Group  (propietaria en España de cerca del 20% del grupo Antena 3).
El otro gran coloso europeo es la francesa Vivendi Universal,  que posee la empresa líder mundial en videojuegos (Activision), el grupo líder mundial en música (Universal Music), la empresa francesa de telecomunicaciones SFR y Canal + Group (que a parte de la televisión francesa de pago del mismo nombre engloba a STUDIO CANAL, la productora europea más importante). Según consta en su información corporativa[7], los beneficios ascendieron a 28.900 millones en 2010.
Finalmente, está la japonesa Sony, cuya filial americana Sony Corporatión of America facturó en 2010 cerca de 87.ooo millones de dolares[8]. Esta compañía transnacional cuenta con cuatro grandes divisiones en Estados Unidos, que se ocupan de la electrónica, los videojuegos, el cine y la música: Sony Electronics Inc., Sony Computer Entertainment America LLC, Sony Pictures Entertainment Inc., y Sony Music Entertainment.
Vista la exigua lista y vistas las pingues ganancias, puede ser que alguien se vea tentado a pensar que estas compañías transnacionales formar un oligopolio o un cártel.  Y es posible hasta que encuentren algunos signos que les reafirmen en esa idea:  Ir al cine a ver una película cuesta lo mismo con independencia de quien la produzca o distribuya; con un lanzamiento musical o editorial sucede tres cuartos de lo mismo; descargar un disco de Spotify o Itunes viene a salir (dependiendo del número de canciones),  por unos 12-14 euros, justo lo mismo que costaban antes con tiendas, gastos de producción, soporte, transporte y almacenaje incluido; comprar una película a través de un proveedor legal de contenidos viene a costar lo mismo que antes costaba alquilarla en un videoclub. Ahora bien, si bien es cierto que controlar la mercancía y los circuitos de distribución hace difícil la competencia por esas vías y siguiendo esos métodos, no anula la competencia que pueda venir a través de nuevos productos o nuevos canales. Y ahí es donde entra en juego Megaupload.



El precio del poder
Necesitais personas como yo para poder señalarlas con el dedo y decir: “ese es el malo”. 
Y eso…¿en qué os convierte a vosotros? ¿En los buenos? No sois buenos. 
Simplemente sabéis esconderos, sabéis mentir 
(Tony Montana en Scarface: El precio del Poder)



Si sumamos las ganancias particulares de cada uno de los grupos de comunicación mencionados y las comparamos con los 175 millones de dólares de Megaupload, quizá lleguemos a la conclusión de que en realidad ésta última compañía tampoco representaba una amenaza tan seria en términos económicos. Lo cual nos devolvería al principio: Kim Dotcom era un pringadillo, convertido en una especie de Tony Montana entradito en kilos, que busca enriquecerse a costa ajena y al que el FBI le ha puesto los grilletes. Pero la verdad es que la polvareda era demasiado grande como para pensar que era la de un ratón perseguido por un gato.
Megaupload se había convertido en un referente, en una especie de icono dentro de los servicios de descarga y almacenamiento de archivos. De hecho, según las estimaciones del auto de procesamiento (las mismas que ofrecía la compañía en su video promocional),  su uso conllevaba el 4% del tráfico en la red, con cerca de 50 millones de visitas diarias, siendo así la 13ª página más visitada del mundo. No obstante, las grandes compañías reprochaban  a Megaupload que hiciese sus beneficios a costa de amparar la difusión ilegal de unos derechos de autor que no le pertenecían y que, de este modo, ponía en peligro el trabajo de millones de honrados americanos.
Así las cosas, el 6 de junio de 2011, se presentaba en una rueda de prensa Creative American, nacida para defender los puestos de trabajo que la piratería está poniendo en riesgo.  Creative America es, según consta en su portal[9], “una organización de base que aglutina a todos los que de alguna manera  se dedican al mundo del entretenimiento ―y de todos aquellos que disfrutan con sus películas y programas ― para luchar contra el robo de sus contenidos. Esta lucha aglutina a actores, directores, autónomos, editores, cámaras, pequeñas empresas, empleados de los estudios, y otros muchos que se ganan la vida a través del cine y la televisión.” Y en su declaración de intenciones concluye: “Creative America está aquí para aunar nuestras voces a la hora de proteger los puestos de trabajo en América y su cratividad”. Entre los miembros de esta nueva “coalición sin precedentes” podemos encontrar los sigueintes: AFTRA (Federación Americana de Artistas de Televisón y Radio), CBS Corporation, la DGA (El Sindicato de Directores de Amérca), IATSE International, NBC Universal, SAG (Sindicato de Actores de Televisión), Sony Pictures Entertainment, Inc., Twentieth Century Fox, Viacom, Walt Disney Company and Warner Bros. Entertainment.[10]
Pero Megaupload también tenía sus apoyos dentro del mundo del espectáculo y así, en diciembre de 2011, varios artistas, algunos de ellos ligados a las grandes discográficas, entre los que se encontraban Will.i.am, Sean "Diddy" Combs, Kim Kardashian, Alicia Keys, Snoop Dogg, Chris Brown, Kanye West, Lil John, Jamie Foxx, Mary J Blige, Floyd Mayweather, The Game, participaron en un video promocional de la compañía colgado en Youtube. En él ensalzaban las potencialidades del servicio y trataban de desligar su imagen del tráfico ilegal y la piratería[11].
Universal Music consiguió que el video fuese retirado, alegando que la compañía posee los derechos de tres de los artistas que en él se dan cita: Kanye West, Diddy y will.i.am.; sin embargo Megaupload emitió un comunicado en el que hacía constar que ninguno de los representantes de los artistas había puesto impedimentos legales y amenazó con demandar a Universal por bloquear la difusión de su video promocional. ¿Había empezado la guerra por el control de la mercancía, es decir, los derechos de autor?
El roce entre Megaupload y Universal Music puede parecer una  discusión por un quítame allá esas pajas. A fin de cuentas, el tiempo que los mencionados artistas ofrecen su rostro a la cámara no va, en la mayoría de los casos, más allá de 5 o 10 segundos y la mayoría dice una frase: mucho hueso y poca chicha, no parece que haya motivo para hablar de bandas en las calles  repartiendo metralla. Sin embargo, ese video promocional puede significar mucho más que eso a la luz de otro dato: según parece Megaupload buscaba dar un golpe en la mesa del mercado discográfico a través de Megabox, un servicio puesto en marcha a comienzos de 2010. Pretendía hacer de esta herramienta una plataforma donde los diversos artistas fijasen el precio de sus obras y obtuviesen el 90% de los beneficios derivados de la venta[12]. ¿Significaba la presencia de esos artistas en el video promocional su deseo de incorporarse al nuevo modelo y una invitación a otros a subirse al carro de Megaupload? Esto hubiese sido una verdadera revolución dentro del campo de la música, cuya difusión a otros ámbitos a buen seguro no se habría hecho esperar. ¿Sería posible que los grandes grupos de comunicación pusieran fin a esta desbandada por la vía rápida, es decir, propiciando el cierre de Megaupload?

Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero que tenga en cuenta que admitir una respuesta afirmativa a la pregunta arriba planteada supone admitir algo que muchos liberales llevan tiempo anunciando: Los resortes del Estado se han convertido en Occidente en una  instrumento al servició de los intereses de unas cuantos grupos influyentes, pues solo al amparo de éste pueden perpetuar una situación privilegiada. Admitir esto ayudaría a entender el empeño por sacar adelante  leyes en el congreso de Estados Unidos como SOPA (Stop Online Piracy Act) y PIPA (Protect Intelectual Property Act), o por aprobar ACTA (Anti-Counterfeiting Trade Agreementen) en el Parlamento Europeo. Pero claro, dar por buena esa explicación supondría concluir que los Estados democráticos se han convertido en una especia de matón sin recursos que alquila sus servicios al mejor postor, y a esa conclusión no se puede llagar nada más que con unas cuantas especulaciones.
Supongo que por el hecho de haberlo mencionado antes, al  presentar a Kim Schmitz como una especie de audaz Tony Montana (imagen que quizá le haga más justicia que la de Al Capone orondo y excéntrico con la que salió en los medios de comunicación), mientras escribía los últimos párrafos no podía quitarme de la cabeza a ese exiliado cubano ansioso por coger todo lo que el mundo puede ofrecerle. Ese exiliado que olvidando la primera de las lecciones de su jefe Frank López, subestimó la codicia de los demás y cavó con ello su propia tumba.




[1][http://www.abanow.org/2010/03/faqs-about-the-grand-jury-system/].
[2]http://www.the-numbers.com/market/Distributors2011.php
[3]http://www.undercover.fm/news/1203-universal-the-biggest-label-of-2006
[4]http://www.fictionmatters.com/2010/03/05/who-are-%E2%80%9Cthe-big-six%E2%80%9D/
[5]FORTUNE 500 (http://money.cnn.com/magazines/fortune/fortune500/2011/industries/145/index.html)
[6] http://files.shareholder.com/downloads/CMCSA/1700469950x0x542563/18f4859b-20f4-4ed9-ab14-72a41ddc31c4/4Q11%20Earnings%20Release%20with%20Tables.pdf
[7] http://www.vivendi.com/vivendi/IMG/pdf/20120201_PR120101_New_Court_Decision_in_favor_of_Vivendi_in_the_US.pdf
[8] http://www.sony.com/SCA/corporate.shtml
[9] http://www.creativeamerica.org/media/uploaded/resources/13_1319503120_ContentTheftFactSheet.pdf
[10] http://www.hollywoodreporter.com/news/new-coalition-creative-america-created-208314
[11]http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=pCkI5I8vsBg
[12]http://www.omicrono.com/2012/01/la-verdad-tras-el-cierre-de-megaupload-megabox-iba-a-revolucionar-el-mercado-discografico/

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Ben Parker y la responsabilidad


Una calurosa tarde de agosto de 1962 un tal Ben Parker llamó a su sobrino, que estaba como loco dando saltos de tejado en tejado y haciendo cabriolas mientras soltaba una especie de chorretes de poliuretano por un orificio apenas perceptible a la altura del ligamento transverso del carpo, y le dijo: chaval, deja de hacer el gilipollas. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y el chaval se aplicó el cuento y, con el tiempo, se hizo alguien de provecho.
Eran los comienzos de los años sesenta. La gente de por allí todavía se tomaba en serio el asunto y creía en cosas como la libertad, la responsabilidad y la posibilidad de mejorar, siquiera un poco, el espacio común que habitamos. Todavía no se habían echado en brazos de demagogos fumetas a los que la única libertad que les importaba comenzaba a la altura del glande o de profetas lisérgicos a quienes se les había quedado pequeño el mundo y buscaban una armonía universal y una paz cósmica. Eran tiempos en los que el bien y el mal no eran conceptos difusos al arbitrio de modas, opiniones o mayorías. Eran tiempos, en suma, en los que las personas sabían que uno tiene los derechos que se gana y que en cuanto deja de ejercerlos los pierde. La gente corriente no necesitaba de un tío Ben para caer en la cuenta de que dejar de ser responsable, conlleva perder un gran poder.
Pero desde entonces el mundo ha cambiado. No hace falta sentirlo en el agua, en la tierra u olerlo en el aire: Basta con echar un vistazo. Hoy en día la panda de colegiales en la que la sociedad se ha convertido concibe la libertad como una facultad cuasi mágica, que todos tenemos, para hacer lo que nos dé la gana sin que nadie pueda largarnos sermones o venirnos con reproches porque, como todo el mundo sabe, la verdad es relativa, todos tenemos nuestra parte de razón y, a unas malas, “con la venia señoría, mi defendido no era consciente de…” Hoy en día la responsabilidad es como cuando llevabas la cazadora al instituto en primavera: Algo inútil que te obligan a coger pero que estás deseando soltar; algo que dejamos en cualquier parte sin caer en la cuenta de lo que va dentro.
De este modo, cada día son más las parcelas en las que eludimos nuestra responsabilidad y la delegamos en otros con la alegre confianza de que aquellos harán lo que hagan en nuestro provecho porque así debe ser y tal es nuestro derecho como ciudadanos y contribuyentes. Así cedemos gustosos nuestra responsabilidad y nuestro dinero a políticos, sindicatos, consultores legales, asesores financieros, expertos en salud y, en definitiva, a cualquier cantamañanas con un poco de labia que nos diga que nos va a defender tal o cual derecho o nos va eximir de tal o cual responsabilidad.
Cada vez nos desentendemos más del funcionamiento de las instituciones y desconocemos desde cómo hacer la declaración hasta cómo rellenar una hoja de reclamaciones. Desoímos consejos y explicaciones bien porque creemos saberlo todo, bien porque nos hemos acostumbrado a ir felices por el mundo sin saber nada. “Es que es imposible hoy en día saberlo todo”, dirán algunos. Lo que es realmente imposible es ir por la vida sin saber nada y pretender que todo nos sea accesible y de nada debamos privarnos por el mero hecho de que tales son nuestros derechos y pagamos para que velen por ellos. Eso es lo que quieren que creamos; eso es lo que queremos creer;  y tanto monta, monta tanto, hasta que el tiro sale mal y caes en la cuenta de que vivías engañado. Entonces  sólo queda  reclamar al maestro armero.
Nos va como nos va, porque somos como somos. Se imaginan ustedes la escena inicial traída a nuestros días, con el tío Ben viendo hacer cucamonas a Peter y diciendo, en plan enrollado, pues largar sermones es de carcas: “Como mola colegui. No fear. No limits.” Y Peter, crecido y medio subnormal, sigue haciendo cucamonas por los tejados hasta que un día se parte la crisma y entonces, el tío Ben, furioso y febril se pone al frente de su legión de asesores y abogados hacia la comunidad de propietarios cuya chimenea no aguantó el peso de la telaraña.

domingo, 20 de noviembre de 2011

José Antonio y las elecciones


Me expongo a que algún analfabeto me llame facha, pero a estas alturas me resbala: Un día como hoy, 20 de noviembre, hace 75 años, murió fusilado  José Antonio Primo de Rivera en el patio de la cárcel de Alicante. Supongo que con los vaivenes y ajetreos de las elecciones, la prima de riesgo y la madre del cordero, pocos serán los que se acuerden. Y si alguien se acuerda será, me temo, para meterle en el mismo saco que a Franco, al que dejaron morir justamente ese día. No hay mucho que reprochar, por otro lado, porque el artero gallego se encargó en vida de uncir su borrica al celeste yugo del ausente auriga, hasta el punto de trasladar los restos de éste a la basílica del Valle de los caídos donde acabarían reposando junto a los suyos.
Como, por fortuna,  no tuve que tragarme de pequeño la rancia papilla que los ideólogos del movimiento cocinaron, cogiendo un poco de aquí y otro poco de allá según les cuadrase; ni en mi casa me inocularon odios ajenos e inveterados a los rojos, a los azules o a los grises, mi acercamiento a la figura y a la obra de José Antonio estuvo desprovisto de prejuicios y fue, sencillamente, fruto del azar y la curiosidad: Leí algo suyo en la universidad con veinte años y me fascinaron su manera de ver el mundo y la prosa elegante y afilada con la que transmitía ésta. Por tanto, el afecto que hoy por ambas profeso no proviene de un instinto heredado, ni de enmohecidas nostalgias, sino de algo mucho más elemental: Disfruto leyéndole, en sus palabras reconozco el eco de alguna lejana verdad e intuyo los ojos de quien ha mirado al mundo apoyado en el mismo alfeizar en el que ahora estoy.
Independientemente del papel que desempeñó o dejó de desempeñar en la política de su tiempo, sobre el que se ha hablado mucho y se ha dicho más bien poco, lo que tengo claro es que la obra de José Antonio es la obra de un hombre lúcido que conoce hasta el tuétano el alma de sus congéneres; uno de los pocos que en su tiempo observó la realidad española sin vendas ni anteojeras. Es a veces la obra de un visionario, cuyos juicios, expresados con elegancia pero sin medias tintas, todavía hoy suenan cercanos, casi proféticos.
 Por ser hoy día de elecciones,  voy a despedir este recorte  con un párrafo de su conferencia en el Círculo Mercantil de Madrid el 9 de abril de 1935: Evidentemente, para adueñarse de la voluntad de las masas hay que poner en circulación ideas muy toscas y asequibles; porque las ideas difíciles no llegan a la muchedumbre; y como entonces va a ocurrir que los hombres mejor dotados no van a tener ganas de irse por las calles estrechando la mano del honrado elector y diciéndole majaderías, acabarán por triunfar aquellos a quienes las majaderías les salen como cosa natural y peculiar.  Viendo la campaña electoral que acabamos de dejar atrás, uno no puede evitar estremecerse y pensar: “Qué razón tenía el jodío”. Si pueden, no se priven de leerlo.