viernes, 7 de septiembre de 2012

Santo Tomás de Aquino y el Banco Central Europeo




Seguro que al leer el título de este artículo más de uno se habrá preguntado qué narices tiene que ver el más conspicuo representante de la escolástica medieval con el principal órgano rector de la política monetaria europea. La pregunta no es baladí, pues en apariencia nada tienen en común los dominios donde se extiende su respectiva influencia, es decir, la teología y la economía. Sin embargo, como acabo de decir, esa disparidad es solo aparente, pues en lo esencial ambas disciplinas se basan en unas cuantas asunciones racionales cuyo fundamento último es la fe.

Supongo que nadie se ha sorprendido al leer que el fundamento último de la teología es la fe, pero me imagino que al oír decir lo mismo de la economía la cosa habrá rechinado un poco y no todo el mundo se ha quedado conforme. A estos últimos les aconsejo que saquen un billete del bolsillo y piensen si realmente el trozo de papel que tienen entre los dedos vale lo que dice valer.

Un billete es una promesa  de bienes futuros sustentada en una fe presente: la que se deposita en la institución que lo ha emitido; de ahí que nuestros billetes sean denominados moneda fiduciaria (del latín, fiduciarĭus, íntimamente emparentado con fides, fe), pues su aceptación depende, como digo, de la confianza que inspira el banco emisor a la hora de respaldar su valor y no del valor intrínseco del material en el que van acuñados. Quizá en nuestros asépticos y anodinos euros nada de esto se aprecie, pero en los billetes escoceses de cinco libras, por ejemplo, todavía puede leerse que “El Banco Real de Escocia promete que pagará, a petición del portador, con una libra de plata de ley en su oficina central de Edimburgo”. 

Así mismo, las creencias son la base de cualquier religión y la correcta sistematización de éstas es el objeto de la teología. Del mismo modo, la correcta asignación de creencias desempeña un papel determinante en el ámbito de la economía y es el origen del otro gran pilar en el que esta se asienta: el crédito. La palabra crédito proviene del latín credĭtum, que proviene del latín crēdĕre, creer, dar fe. Hace hincapié la confianza depositada en una persona a la que se le ha prestado una determinada cantidad de dinero. Si esa persona es digna de confianza se deposita en ella la fe y es, por tanto, digna de crédito, convirtiéndose así en alguien a quien se va a creer, de donde procede la palabra acreedor.
Por si todavía hay quien no acaba de verlo claro, vaya un último dato: La Escuela de Salamanca, precursora en muchos aspectos de la actual teoría económica, cuenta entre sus fundadores con Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Mancio de Corpus Christi, Bartolomé de Medina, Pedro de Aragón, Domingo Báñez, Pedro de Ledesma, Basilio Ponce de León y Francisco de Araujo. ¿Imaginan a qué se dedicaban? Perrito piloto para el caballero: Eran teólogos.

Pues bien, después de tirarme tres párrafos convenciendo al personal de que teología y economía estas hechas de la misma sustancia que zurce los sueños, ahora me van a permitir, en parte, deshacer el camino andado: Aunque, como he apuntado, economía y teología comparten los presupuestos de los que parten, éstas difieren en cuanto a su objetivo: una se ocupa de los misterios de Dios y la otra de los misterios del dinero. Difieren, así mismo, en la influencia que ejercen hoy en día dentro de la sociedad: Mientras no hay telediario o tertulia que no cuente con un economista que con gesto grave nos instruya sobre los arcanos de la vida y el universo, y no hay corriente de opinión que no se cubra las espaldas con el sesudo análisis de algún teórico de la economía, para ver a algún teólogo aparecer en televisión hay que aguardar a que Belén Esteban tenga un éxtasis místico.

Sin embargo, en el siglo XIII las cosas eran distintas, el estudio de la teología ocupó la posición central que ocupa la economía en el nuestro. Y el papel central dentro de esa posición central le correspondió a un monje regordete cuya voracidad intelectual era aún mayor que la de su apetito: Tomas de Aquino. Tal es así que para cuando cumplió los cuarenta tenía terminado el mayor compendio de teología jamás escrito: La Summa Theologica.
Tomás era un tipo se tomaba en serio su oficio  y aunque estaba convencido que un conocimiento pleno de Dios solo se podía alcanzar a través de la fe, concedía la posibilidad de alcanzar cierto conocimiento de la idea de Dios mediante la especulación racional. Para ello pergeñó cinco vías o argumentos que, basados en la lógica aristotélica, permitían al ser humano acercarse a los dominios de la fe sin necesidad de dejar guardada la razón en el ropero de la entrada.

Estas cinco vías comparten un mecanismo similar: Parten de un hecho observable en la naturaleza (el movimiento, la necesidad de un origen causal inicial, la contingencia de los distintos seres, la aparición de diferentes grados de perfección y la tendencia hacia un fin establecido) que es diseccionado a la luz del principio de causalidad, aceptando como premisa que la serie de causas no puede extenderse de manera infinita, y concluyen que dichos fenómenos sólo son explicables si admitimos la existencia de un ser  que los origine y dé sentido, es decir, si admitimos la existencia de Dios.

Hasta que llegó Hume e hizo añicos el principio de causalidad (no se puede decir que María Antoñeta muriese guillotinada, sino que un instante después de que se produjese la confluencia espacio-temporal de su cuello y una hoja de metal su cabeza se le desprendió del tórax) la cosa funcionó bastante bien y sus seguidores estaban tan contentos con el trabajo de Tomás que llegaron a proclamarle “doctor angélico”, “doctor común” y “doctor universal”. Ahí es nada. Ahora bien, ¿se imaginan ustedes a alguien proclamando al Banco Central Europeo “banco angélico”, “banco común” o “banco universal”? No, ¿verdad? ¿Saben por qué? Pues porque ya hubiésemos querido los europeos que nuestro banco central hubiese sido la mitad de diligente en sus asuntos que lo fue Tomás de Aquino en los suyos. De hecho, ¿qué les parece si sometemos al Banco Central Europeo a esas cinco vías creadas por Santo Tomás?

Comencemos por la vía del movimiento, en concreto por el movimiento de capitales. Desde la creación del Euro hasta el comienzo de la crisis de deuda se ha producido un flujo constante y masivo de capitales hacia los países de la periferia, cuyo origen se sitúa en los tipos de interés artificialmente bajos mantenidos por el BCE[1].De este modo era muy sencillo para un banco alemán o francés conseguir dinero a un interés irrisorio y prestárselo a alguien que esperaba conseguir intereses de dos dígitos merced a inversiones especulativas en España, Grecia o Irlanda. La afluencia masiva y vertiginosa no sirvió sino para que se llevasen a cabo inversiones especulativas cada vez más arriesgadas en estos países y para que los respectivos estados gastasen en siete años el dinero de tres lustros.

La segunda vía a considerar es la que pone de manifiesto la necesidad de un origen inicial, de una causa primera sobre la que se asienten las causas subordinadas. En la actual crisis de deuda soberana europea a Grecia le ha tocado el papel de Helena en la guerra de Troya y es considerada la causa primera de todo este lio. Todo parece indicar que en 2002 el gobierno griego de Kostas Karamanlis ocultó, mediante una serie de maniobras financieras auspiciadas por Goldman Sachs, su verdadera deuda para poder formar parte del euro y que aquellos polvos trajeron estos lodos. No obstante, ¿saben ustedes quien era entonces el vicepresidente de Goldman Sachs International? Mario Draghi, actual presidente del Banco Central Europeo.[2]

La tercera vía es la vía de la contingencia. Los bancos parecen eternos, pero a veces también atraviesan dificultades e, incluso, quiebran. Si un banco pequeño tiene problemas de liquidez puede pedirle prestado a uno más grande; si uno grande los tiene puede pedirle a otro, etc. ¿Pero qué sucede si muchos bancos grandes tienen problemas para cuadrar sus balances? Es entonces cuando aparece la figura del banco central como prestamista de último recurso, como garante último e imprescindible de las imposiciones del resto de bancos. ¿Ha llevado a cabo esta tarea con eficacia el BCE? El caso de Irlanda es significativo: La quiebra de sus grandes bancos supuso la quiebra del Estado. Fue el Estado Irlandés el que debió salir al rescate de sus bancos y no el BCE, que es la pieza clave sobre la que debería descansar el resto del sistema financiero. 

La cuarta vía a considerar es la aparición de diferentes grados de perfección, a los que en términos económicos se les denomina prima de riesgo. La perfección la encarna Alemania, que es la que más barato consigue financiar su deuda y con la que los demás se comparan. Si España tiene una prima de riesgo de 521 pb, eso significa que tiene que pagar un interés un 5,21% más alto que Alemania por vender sus bonos a diez años. Hasta aquí todo claro y perfecto. La cuestión es, ¿Por qué si los desequilibrios macroeconómicos de España y el Reino Unido son semejantes, sin embargo, los tipos de los bonos británicos son solo ligeramente más altos que los alemanes?[3] Pueden darse muchas razones[4], pero la principal es que Gran Breteaña tiene un Banco Central con una política monetaria al servicio de su economía y España tiene su economía al servicio de la política monetaria del Banco Central Europeo.

Llegamos con esto a la última vía, la que estudia la tendencia hacia un fin establecido: ¿Cuál es el fin que el BCE tiene establecido? ¿Para qué sirve? Según el artículo 2 de sus estatutos es “mantener la estabilidad de precios”; en otras palabras: controlar la inflación a través de la política monetaria. De ahí que ningún país pueda emitir papel moneda sin su consentimiento y, lo que es aún más importante, en virtud del artículo 123 del Tratado de Funcionamiento de la UE, estos tampoco pueden financiarse a través de él o de los bancos centrales nacionales. ¿Qué significa esto? Que si un estado quiere financiar su deuda tiene que recurrir a inversores privados, a los que habrá de ofrecer rentabilidades que en el caso de España oscilan entre el 6,5% y el 7,5%. Si tenemos en cuenta que en las últimas inyecciones de liquidez los bancos han conseguido dinero a un interés cercano al 1%, que luego han invertido en deuda, cualquiera podría pensar que el BCE es más un instrumento pensado para mantener las ganancias de los bancos privados que la estabilidad de los precios.


A tenor de lo expuesto, parece que el Banco Central Europeo ha resultado ser el motor inmóvil de la economía europea, así como la causa primera de la crisis de deuda soberana; por otro lado, ni se ha constituido el primer respaldo necesario del resto de entidades contingentes, ni ha servido de intachable e imparcial espejo a través del cual se observasen los distintos grados de perfección; y por último, lejos de ser el todopoderoso rector de los designios económicos de los Estados miembros de la Unión, ha dado la impresión de ser una mera comparsa de la banca privada. Si como dijimos al principio una parte sustancial de la economía encuentra su último sustento en la fe, ¿qué fe pueden tener hoy alguien con uso de razón en las bondades de su intervención y arbitrio? La fe en el BCE, lejos de ser una fe dirigida por la razón, se ha convertido en una fe atávica y totémica, inculcada interesadamente por algunos brujos y hechiceros que desean mantener en la oscuridad y el temor a la atribulada tribu europea.

[1]http://mises.org/books/bagus_tragedy_of_euro.pdf
[2]http://blogs.lainformacion.com/zoomboomcrash/2011/06/27/senor-draghi-%C2%BFha-infringido-usted-alguna-ley/
[3]http://www.obce.es/files/Paul_De_Grauwe_paper.pdf
[4] Gracias a Jesús N. de La Proa del Argo por habarme proporcionado el siguiente enlace y por haber ampliado mi punto de vista http://www.nber.org/papers/w10276.pdf?new_window=1

martes, 10 de julio de 2012

Elisabeth Magie y este tablero de juego al que llamamos España

Viendo hace 
unos días a Esperanza Aguirre cantar las bondades de su tierra para que en ella se instale esa sucursal de Sodoma a la que han dado en llamar Eurovegas, me vino a la memoria el nombre de una mujer cuya figura está íntimamente ligada con el juego y los solares: Elisabeth Magie.

Elisabeth, “Lizzie” como le llamaban sus amigos, era seguidora de las teorías del economista norteamericano Henry George y buscaba demostrar, de forma lúdica, los perniciosos efectos que obraba el monopolio en la oferta de bienes inmuebles, pues éste originaba que las rentas se tornasen abusivas, provocando así el rápido enriquecimiento de los propietarios  a costa de la miseria de los arrendatarios. Para ello pergeñó un juego de mesa al que llamó El juego de los arrendadores, cuya patente solicitó que le fuese reconocida el 23 de marzo de 1903. Sin saberlo, Lizzie acababa de sentar las bases de lo que, con el tiempo y la alargada sombra de los hermanos Parker, acabaría siendo el juego de finanzas más popular del mundo: El Monopoly.

¿Quién no ha jugado alguna vez al Monopoly? ¿Quién no ha alcanzado el éxtasis viendo la cara de panoli que se le quedaba a su primo, a su vecino, o a su cuñado al caer en alguna de las calles de color azul cuando en ellas se enseñoreaba un hotel rojo y orondo como el sol del atardecer? ¿Y quién no ha disfrutado leyendo las apasionantes, a la par que instructivas, reglas del juego? Me temo que aquí acabo de quedarme solo.

En efecto, siendo esencialmente España un país donde la gente aprende de oídas, me temo que entre los lectores de este artículo nos las veríamos moradas para juntar a media docena que se hubiese leído las susodichas instrucciones. Así pasa, que con el boca a boca las reglas del juego van evolucionando y no se juega igual en casa de tu amigo el de Zamora que en el cuartel cuando hacías la mili en Valencia; y si alguien reclama o protesta siempre está el socorrido recurso a la tradición: “Pues aquí hemos jugado así toda la vida”. 

En cualquier caso,  se juegue con las reglas que contiene la caja, si es que las contiene, porque todas acaban desapareciendo en extrañas circunstancias (ríanse ustedes de lo de Vélmez comparado con esto); o se juegue con las reglas de la casa, esas reglas tienen siempre que estar sujetas a dos principios para que la cosa funcione: coherencia y reciprocidad. Es decir, han de guardar relación y proporción entre ellas y, a su vez, ha de existir correspondencia entre lo que tú haces y lo que te pueden hacer a ti. De este modo, nadie consentiría que se pudiese hipotecar una calle por un valor mayor al venal; ni nadie aceptaría que alguien cobrase 400 euros por concluir el recorrido del tablero mientras el resto cobra solo 100.

En este tablero de juego al que llamamos España sucede hoy en día algo parecido. No juntaríamos media docena entre los que leen estas líneas que sean lectores habituales del BOE, o que lean los decretos en los que se materializan las reformas. Ahora bien, esto no es óbice, sin embargo, para que sean cada día más los que se dan cuenta de que la cosa no funciona, pues ni la coherencia ni la reciprocidad se encuentran entre los principios que conforman e inspiran nuestras reglas del juego.
No es coherente ni recíproco, por ejemplo, que se haya reducido el número de médicos, profesores, asistentes sociales o bomberos y que, por el contrario, se mantenga el mismo número de concejales liberados, diputados provinciales, diputados regionales, diputados nacionales, senadores, etc. Cierto que son los representantes de la inalienable voluntad democrática, pero puestos a elegir yo prefiero que me representen un poco menos y que me curen, me enseñen o me protejan un poco más.

Tampoco podemos hablar de reciprocidad o coherencia cuando alguien, al invertir en comprar una casa, se equivoca en sus expectativas, no puede pagarla, y la acaba perdiendo;  mientras que un consejero delegado de un banco (infinitamente mejor informado y asesorado) obtiene una cuantiosísima indemnización tras haber arruinado a la entidad como consecuencia de haberse equivocado en muchas malas inversiones.

De este modo, lo que menos puede sorprendernos a estas alturas es que cada vez sean más los que acusan a la banca y a los políticos de amañar la partida, pues  resulta extraño que todas las cartas de sorpresa que le tocan al contribuyente sean de pagar mientras que las que les tocan a banqueros y políticos sean las que les dejan libres de la cárcel. Como tampoco puede sorprendernos que cada vez sean más los que, como sucedería jugando al Monopoly, se levantan de la mesa al grito de “¡sois unos tramposos de mierda!”

jueves, 31 de mayo de 2012

Mandeville y la fábula de las ovejas




Oigo últimamente con inusitada frecuencia, al hablar de asuntos económicos,  que la realidad es tozuda, que  las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera y que las matemáticas acaban poniendo a cada uno en su sitio. Y se lo oigo precisamente a quienes han aceptado con estoica y estulta resignación esa versión oficial de la crisis según la cual la cosa se reduce a que hemos dejado de ser nuevos ricos para volver a ser viejos pobres. Todo ello sin pararse a pensar que si la realidad fuese tan tozuda como dicen seguiríamos pintando bisontes en el techo de la cueva; que admitir que las cosas no puedan ser de otra manera es instrumento indispensable para que las cosas sean como son;  y que la aritmética no explica por qué durante mucho tiempo se multiplicaban los beneficios de unos pocos mientras que ahora las pérdidas se dividen entre todos.
Creer simplemente que las cosas son como son, es decir, desvincular los procesos económicos de la voluntad de los individuos y, por tanto, de cualquier consideración ética,  no es, a mi modo de ver, una opción cabal hija del sentido común, sino sencillamente una rendición incondicional del intelecto a una determinada interpretación de la realidad; sin estarse a considerar si es la única o si, de no serlo, es siquiera la mejor. Porque lo que llamamos realidad  es, en gran medida, la visión resultante de proyectar nuestras experiencias previas y nuestros anhelos futuros sobre el presente. Es decir, nuestras ideas sobre la realidad determinan la realidad misma y, de este modo, nos pueden llevar a transigir con que las cosas sean de una determinada manera o a intentar cambiarlas; pero el resultado no es algo determinado por las leyes de la historia,  un arcano escrito en los astros o el cumplimiento de un inexorable destino: depende de nosotros,  porque el ser humano es a la vez guionista y actor.
Esa idea de que las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera, quizá tenga uno de sus primeros testimonios contemporáneos en La fábula de las abejas, escrita a comienzos del siglo XVIII por un excéntrico alienista holandés afincado en Inglaterra, Bernard Mandeville. En ella, quién sabe si con intención satírica o con sincero convencimiento, Mandeville sostiene que nunca la virtud hizo prosperar a las sociedades, sino que el verdadero motor del progreso es el vicio, la corrupción. 
Para ilustrar su idea se sirve de una colmena “que vivía con lujo y desahogo” y en la que las abejas “se afanaban por satisfacer sus propios deseos y vanidades”. En la colmena “mientras algunos con grandes haberes y exiguos quebraderos de cabeza se metían en negocios de pingües ganancias”, otros vivían “condenados a la guadaña y la azada […] agotando su fuerza y sus músculos para poder comer”. La colmena estaba, así mismo, llena de bribones que aprovechaban en su propio beneficio el trabajo ajeno, si bien estos solo se distinguían en sus artes de los respetables y laboriosos  por el nombre, pues no había lugar o profesión en la que no se diera el fraude. No se salvaban ni los abogados, “que habían conseguido que fuera ilegal disfrutar de lo propio sin que mediara algún pleito”; ni los médicos, “más interesados en la riqueza y la fama que en la salud del paciente”; ni los sacerdotes, ni los soldados, ni las misma justicia, que a menudo inclinaba alguno de sus platillos para que en ellos depositasen unas monedas.

Con todo y con eso, “aunque cada parte estuviera llena de vicios, el conjunto era un paraíso”. El vicio y la corrupción eran la grasilla que mantenía lubricada y en marcha la maquinaria de aquella colmena. “La envidia y la vanidad eran los ministros de la industria”, escribe Mandeville, y la estupidez y el capricho movían la rueda del comercio. De este modo “el vicio nutría el ingenio”, y lo espoleaba en aras de la prosperidad, dando lugar a las comodidades de la vida, “hasta tal punto que los pobres de ese tiempo vivían mejor que los ricos de ningún otro”
Sin embargo la colmena estaba llena de hipócritas que, “aunque conscientes de sus propios engaños, clamaban contra los de los demás y a gritos pedían honradez”. Y un día Júpiter, exasperado, llenó con ella sus corazones. Entonces se desplomó el precio de la carne, los bares se quedaron vacíos, la honradez convirtió en inútil la labor de los abogados, y hasta los que fabricaban candados y rejas se quedaron sin oficio. Los médicos no tenían enfermedades que curar entre las virtuosas abejas…En definitiva, no había negocio para tantos pues donde antes trabajaban tres (uno trabajando, otro vigilando al que trabajaba y un tercero vigilando al que vigilaba) ahora bastaba con uno. Y así poco a poco las abajas se iban yendo de la colmena. 
Desaparecieron la industria y las manufacturas, pues no había quien pagase por lujos o refinamientos. Al final toda la colmena hubo de emigrar al hueco de un tronco. El poema concluye “dejad de dar la murga: solo los locos se esfuerzan por construir una colmena grande y honrada; pues pretender  disfrutar de las comodidades del mundo, conseguir fama en la guerra y vivir con desahogo, sin grandes vicios, es solo utopía que habita en el cerebro del hombre”. Y apostilla: “Cualquier edad dorada tiene lo mismo en común con la honradez que con las bellotas”. 
Algunos economistas de la escuela austriaca (quizá los mismos que si hubieran leído la Humilde propuesta de Swift hubieran visto en ella un interesante precedente de la puesta en valor de la infancia) consideran, llevándose el agua a su molino, que La fábula de las abejas va muy en serio y hacen de ella una especie de mito fundacional del liberalismo moderno, pues según ellos Mandeville es el primero en  atisbar que el entramado de relaciones sociales, incluidas las económicas, no es producto de la planificación ni está sujeto a consideraciones éticas, sino que nace de cierto orden espontaneo surgido al calor de la persecución individual del propio beneficio. Ese orden espontaneo (el mercado, acabará llamándose) se convertía así en la piedra filosofal que consigue convertir los vicios particulares en virtudes colectivas. Ahora bien, semejante interpretación de la fábula de Mandeville es sólo una manera de ver las cosas, pero quizá no la única, ni la más acertada.
Si echamos un vistazo a la colmena, encontraremos un buen puñado de curiosas semejanzas con el momento previo al estallido de la crisis en España, con nuestra burbujeante primavera: Mientras algunos terratenientes conseguían pingües ganancias por el mero hecho de que les recalificasen algún terreno, otros se partían el lomo en almacenes de logística o trabajando en la obra a destajo. España estaba llena de bribones que aprovechaban en su propio beneficio el trabajo ajeno: desde los abogados que exprimían a los inmigrantes ilegales que querían regularizar su situación, hasta los médicos que conseguían pensiones de invalidez a gente que jugaba los fines de semana al padle, pasando por empresas públicas en las que tres personas hacían el trabajo de una. Aunque la corrupción se adivinase por todas partes, el conjunto arrojaba una halagüeña sensación de prosperidad y bienestar. La envidia y la vanidad eran los ministros de la industria, de modo que  los concesionarios no daban abasto a vender coches cada vez más potentes,   ni las inmobiliarias dejaban de vender casas cada vez más grandes. Como en la fábula de Mandeville la estupidez y el capricho movían la rueda del comercio y no había descampado en el que no se construyese un centro comercial.
Si España reunía todos los ingredientes para ser una colmena próspera, pues no había parte que no estuviese untada con la grasilla del vicio, ¿cómo es posible que ahora todas sus abejas se encuentren a punto de emigrar al hueco de un árbol? ¿Acaso algún dios furioso se ha cansado de sus quejas y se han vuelto de repente virtuosas como castigo? 
La fábula de las abejas de Mandeville es sólo una alegoría con la que se pretende transmitir una determinada idea del mundo: La prosperidad es enemiga de la justicia y aplicar consideraciones éticas a los negocios solo puede traer la ruina. Pero sin embargo la crisis española muestra todo lo contrario: Que es la falta de un mínimo de decencia y sentido común lo que lleva a las sociedades a la ruina. Porque la verdadera mano invisible (Al menos a la que alude Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales y que vuelve luego a mencionar en La riqueza de las naciones) no es el orden espontaneo de la ley de la selva, sino el orden guiado por el sentido común y ciertas nociones básicas sobre la justicia que todos los ciudadanos poseen y que deciden aplicar o no en cada circunstancia concreta. 
Ahora corremos el riesgo de pasar de una fábula a otra: Corremos el riesgo de que los mismos a los que hasta hace no mucho la grasilla les brillaba entre los dedos, empiecen a hablarnos de las virtudes de la austeridad y nos cuentes otra fábula, la fábula de las ovejas. Según ésta, las ovejas que vivían en un aprisco pasaban hambre porque quienes se encargaban de distribuirles el alimento en los comederos no lo habían hecho diligentemente, y se había agotado en un par de meses la cosecha de todo un año (nadie sabía dónde habían ido a parar, pues en realidad la mayor parte de las ovejas no eran conscientes de haber comido mucho más que en otros tiempos). Las ovejas, inquietas, discutían sobre cómo iban a salir de aquella y las más avezadas en economía, además de alabar las bondades del ayuno, propusieron abrir la puerta del aprisco para que las ovejas más vigorosas pudiesen encontrar pastos y, al mismo tiempo, se permitiese entrar a alguien que alimentase al resto (cualquier similitud con la reforma laboral y las privatizaciones es mera coincidencia). Y así lo hicieron. Y, según cuentan los lobos que con el colmillo goteando aguardaban en la puerta,  nunca habían visto a ningún rebaño tan feliz,  pues todas ellas corrían desbocadas y dando saltos de alegría. Claro que, la de los lobos, no deja de ser una interpretación de la realidad, quizá ni la única, ni la más plausible.